El Autor

Presentación


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Me llamo Carlos Montero de Doñoro. “Stricto sensu”, no se trata de un seudónimo, sino más bien de mi personalidad literaria. Carlos es mi segundo nombre de pila y Montero de Doñoro son mi tercer y cuarto apellido.

Para ser sinceros, el “de” es la única innovación real. Ahora bien, antes de precipitarnos a emitir juicios de valor, he de confesar en mi descargo que la vanidad no ha sido el único móvil para utilizar tan ennoblecedora preposición: Ante la eventualidad de cualquier búsqueda en internet (como la que con toda probabilidad os ha traído a estas páginas), puede que encontréis varios Carlos Montero, pero sólo encontrareis un Carlos Montero de Doñoro. Por si este argumento no fuera de suficiente peso, también he tenido presente al mundo anglosajón (y no sólo), donde tienen la fea costumbre de cortar tu genealogía por la mitad y cercenar sin contemplaciones la rama materna. El problema se resuelve con esta sencilla adenda, ya que así se ven forzados a poner el nombre completo. Probadlo en vuestros buscadores, veréis que funciona. Lo que acaba de descolocar a los anglosajones es lo de la “ñ” y no ha de sorprendernos que también navegue por internet mi alter ego, Carlos Montero de Donoro, a quien ya he comenzado a tomarle aprecio.

Nací en Madrid, en 1956. Para ser más exactos, en el barrio de Chamberí, en el Sanatorio (hoy Hospital) de La Milagrosa. Mi madre siempre contaba que el parto había durado 10 horas y que habían necesitado fórceps para la extracción. De ahí la recurrente broma familiar por asociación de ideas, como si ya no fuera suficiente “milagro” el mero hecho de nacer. Por suerte, mi paso por este tipo de tipo de instituciones ha sido fugaz desde aquella efeméride, limitándose a una operación de vegetaciones y otra de menisco. Y vaya aquí mi más respetuoso saludo hacia Las Parcas, a quienes he tenido buen cuidado de mencionar en “Un paseo por Vindobona”. Nunca habré de agradecerles lo suficiente la calidad del material utilizado, ya que su “hilo” me ha llevado a las puertas de mi sexto decenio con plenas facultades, modestia aparte.

Cursé mis estudios en el Liceo Serrano, hoy Trinity College, en su mítica época fundacional, inspirada en la Institución Libre de Enseñanza. Por aquel entonces, yo no era muy consciente de tales principios pedagógicos, pero sí de sus implicaciones prácticas, ya que era uno de los pocos centros de educación mixta y laica en Madrid, si no el único. Huelga decir que dicha característica ofrecía una clara ventaja competitiva frente a los colegios de curas y de monjas al uso, en especial a la hora del recreo y en los “guateques” del fin de semana, para aquellos que la supieran aprovechar. La misma podía incrementarse de manera exponencial para los que optasen por la rama de “Letras”, como fue mi caso, donde la proporción era de cuatro a uno, a favor de las féminas. Los privilegiados pertenecientes al sexo minoritario nos dejábamos agasajar por nuestras compañeras de clase, quienes nos colmaban de atenciones justo antes de los exámenes de Latín, si bien nunca llegamos a entender por qué éstas se cortaban de brusca manera al término de los mismos, después de haberse beneficiado de nuestra inapreciable ayuda. Cierto es que nunca esperamos nada a cambio, y si les soplábamos o les dejábamos copiar, se debía tan sólo a nuestro natural altruismo. Además de los entrañables recuerdos de aquella época, todavía conservo una estrecha relación con mis amigos de entonces, a pesar de la diáspora.

Continué con la carrera de Derecho en el CEU, Universidad de San Pablo, y así me convertí en “literatus”, si bien nunca llegué a ejercer el oficio. Incluso conseguí obtener una beca del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, ubicado en el antiguo Palacio de Godoy, muy cerca de mi casa, en pleno barrio de Palacio. A pesar de mi gran afinidad por la disciplina de Mucio Escévola, tanto el tedioso panorama de las Oposiciones como mi precaria situación económica me llevaron a probar suerte en el mundo de la empresa, y así substituir el Código Civil por los estados financieros. Dejando a un lado detalles profesionales, que no vienen al caso, esta decisión supuso el inicio de un largo exilio, que en su momento ni siquiera llegué a imaginar, cuando dejé el piso familiar de la calle San Bernardo, en el año de gracia de 1978 (todos lo son).

La primera etapa fue Barcelona, “archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros…”, en expresión de Cervantes. En aquella época las matrículas de los coches llevaban la letra de la provincia, y la “M” del mío devino compañera inseparable de la pintura de spray negra. Pero es bien sabido que vándalos hay en todas partes, y puedo corroborar que nunca se pasó de esta pequeña anécdota. Tanto es así, que al poco tiempo de instalarme llegué a hacer mías las palabras de El Quijote, incluso ante la dura prueba de los lunes por la mañana, a la hora de pasar por las Horcas Caudinas de los comentarios sobre los resultados del Barça durante el fin de semana. Si bien después vinieron otros destinos, Barcelona siempre ha sido y es para mí el campamento base, uniéndome a ella estrechos vínculos emocionales y familiares.

Partiendo de este campamento base, mi espíritu inquieto y mi “attaché” de ejecutivo me han llevado por casi todos los rincones de Europa. Algunos han sido escala fugaz, aunque reincidente. Otros han sido durante un tiempo, y por lo tanto para siempre, mi hogar: De los Alpes a los Balcanes, del Moldava al Danubio, de Lausana a Sofía, pasando por Praga y por Budapest. Y en algún momento de este periplo, impreciso en mi memoria, llegó el impulso de escribir. La buena noticia es que opté por seguirlo, si no, no estaríamos aquí.

Como escritor novel, puedo afirmar que también he seguido el trillado camino del placer en un párrafo y de la frustración en el siguiente, de la incertidumbre del inicio hasta la catarsis de llegar a escribir la palabra “Fin” (“Finis”, en mi caso). Y para culminar el proceso y que el manuscrito adquiera vida propia, tan sólo he precisado de un poco de determinación y de los comentarios de esos amigos y allegados, tan importantes, para no desalentarte más de lo necesario. El último empujón ha sido hacer mía la lección bien aprendida durante años: No intentar complacer a todo el mundo, si no quieres acabar sin complacer a nadie. “Un paseo por Vindobona”, de Carlos Montero de Doñoro es el resultado. “Ave atque vale”.